domingo, 3 de abril de 2011

Cassie Palmer: Cazando la luna

Me he tomado la libertad de traducir los dos primeros capitulos puplicados en la webpage de Karen Chance, (la autora de la saga), ya que no podia esperar tanto para leer el libro, que por cierto se estrenara en junio busque algun que otro insignificante bocado de este y me encontre con este adelanto tan grato.
Para ustedes, que como a mi, les gusta la saga.





Capítulo 1

Traducido por Isabelle.

Golpeé el suelo corriendo,―o tropezando o cayendo― fue un poco difícil de decir cuando se sentía como si la tierra se desmoronaba bajo mis pies.
Y entonces me di cuenta que era porque la tierra se desmoronaba bajo mis pies.

― ¡Mieeerdaaa!

Me caí directamente sobre un acantilado y en el aire, agitando los brazos y los pies todavía se movían inútilmente, gritando sangriento asesinato. Durante un largo momento, no había nada más que yo y el cielo azul de cristal y acre de manera brillante, la tierra cubierta de nieve el infierno muy por debajo. Yo sabía que tenía que estar haciendo algo, pero el viento estaba rugiendo en mis oídos y mis ojos llenos de lágrimas por el frío y el suelo estaba corriendo a mi encuentro a un ritmo que prometía papilla de clarividente en un futuro muy cercano.
Y entonces fui echada hacia atrás, lo suficientemente rápido para cortarme el aliento, y que me dejara mareada. O tal vez ese fue el sentir de los brazos duros a mí alrededor, o el cuerpo más duro detrás de mí. O, posiblemente, lo abyecto, el alivio impresionante de no estar muertos, ―no estar muertos, aun―.
Debido a que eso nunca pasa de moda.

Mi nombre es Cassie Palmer y he engañado a la muerte más de lo que nadie tiene derecho a esperar. En los últimos dos meses, me han disparado, apuñalado, golpeado y quemado hasta una docena de veces, y que no cuenta todas las formas mágicas en que casi muero. Me habrían matado hace mucho tiempo si no fuera por mis amigos, uno de los cuales acababa de saltar por el precipicio en pos de mí.

Hubiera sido mucho más agradecida si no me hubiera empujado a mí primero.

Mi nariz estaba chorreando, no podía ver una mierda y mi cerebro se congeló en despreciable terror. Así que por un momento, acabé colgada allí, tragando aire helado y esperando que mi corazón parara de intentar saltar a través de mi pecho. Por el rabillo de mi ojo, pude ver una pequeña muestra de lo que nos estaba levantando, y no era tranquilizador.

Era casi transparente, a excepción de un ligero matiz azulado que era en gran parte invisible contra el cielo brillante. Tenía una tapa en forma de cúpula y algunos tentáculos membranosos que fluían hacia abajo para envolverse alrededor de nosotros, dándole un aspecto vagamente como a una medusa, si es que las que eran tan grandes como un autobús, tenían la costumbre de flotar en torno a Colorado Rockies. Lo que era lo casi extraño era una expresión de la magia de un hombre, formado un paracaídas, en el cual no confié en absoluto.

Por otra parte, si confiaba en el hombre. Aunque realmente deseaba que él me tomara del frente en lugar de detrás. De esa manera yo podría darle un rodillazo a sus pelotas.

― ¡Lo hiciste a propósito! ―jadeé, cuando pude respirar.

-Por supuesto.

― ¿Por supuesto? ―miré hacia arriba, pero tuve que estirar la cabeza hacia atrás, dejando sus facciones por encima de mi. Los ojos verdes claros eran los mismos, y por desgracia, también lo era el pelo rubio de punta.

No se veía nada mejor desde este ángulo, decidí.

―Todavía tienes que aprender a reaccionar de forma fiable bajo presión ―me dijo―. Hasta que lo hagas, eres vulnerable.

Traté de girar mi cuello, porque descargar lo que siento de otro modo, no funcionaría. Pero todo lo que vi fue parte de un musculoso hombro en una sudadera de color verde militar. A veces mi amigo, a veces enemigo, todo el tiempo un dolor el trasero, John Pritkin no llevaba un abrigo.

Por supuesto que no lo llevaba.

Tenía que haber una temperatura por debajo de cero aquí y si no hubiera sido por toda la adrenalina que bombeaba a través de mi sistema, me habría helado el trasero, pero un abrigo no era machista. Y si había aprendido una cosa sobre magos de la guerra, ―lo más cercano que había en la comunidad sobrenatural a una fuerza policial―, era que siempre eran machistas. Incluso las mujeres. Era un poco espantoso.
Algo así como estar colgando a una altura de más de una milla en lo más alto de las montañas.

―Tus habilidades te harán poco bien si no puedes aprender a funcionar bajo estrés ―continuó tranquilamente, a medida que flotábamos más cerca de la cima.

― ¿Estrés? ―Pregunté, mi voz ligeramente quebrada―. Pritkin, el estrés es un día de mal peinado. El estrés es haber ganado cinco libras justo antes de la temporada traje de baño. ¡Esto no es estrés!

―Llámalo como desees, el punto es el mismo. Recuerda lo que hablamos. Evaluar - determinar lo que está sucediendo; Dirección - decidir cuáles de tus habilidades pueden hacer frente al problema actual, y a continuación actúas -de forma rápida y decisiva. Debes aprender a hacer esto automáticamente, sin paralizarte, y sin importar las circunstancias. O sufrirás las consecuencias.

― ¡Estoy tratando! ―dije con rencor. Habían pasado apenas dos meses desde de que había sido empujada fuera de otro acantilado, y el hecho de que hubiese sido un metafórico no había ayudado en absoluto. Había sido declarada, por encima de mis fuertes y continuas protestas, Pytia, la principal vidente del mundo sobrenatural.

Era un trabajo por el que algunas personas estaban dispuestas a matar, como descubrí de dura manera. Por mi parte, me había pasado una buena parte de estos dos meses tratando de devolver el poder que vino con el ministerio, sólo para encontrar que no quería salir. Después de una serie de lecciones muy duras, había aceptado finalmente que iba a tener que sacar el mejor provecho de ello.

Como resultado, había estado trabajando fuera de mi trasero metafísico tratando de compensar el tiempo de formación que las otras candidatas habían recibido durante su vida, con éxito desigual. Hubiera ayudado si el Rambo de allí arriba no hubiese pedido también que aprendiera autodefensa. Coincidimos en que lo necesitaba, pero con una cosa que yo no supiera hacer era suficiente.

―Trata con más ganas―me dijo el Sr. Completa falta de Simpatía.

―Mira ―dije, tratando de razonar con él a pesar de mi amplia experiencia de que esto rara vez funcionaba―. Este no es un buen momento. Tengo mi ceremonia de toma de poder…

―Coronación.

―… y estoy tratando de aumentar mi capacidad de “patético” a “triste” antes de esa fecha, para no terminan de avergonzarme delante de la gente de la que se supone que soy líder. Y luego están los accesorios para el vestido que quieres que me ponga, y un montón de nombres que quieren que aprenda, y al parecer si digo un nombre incorrecto podría causar algún tipo de incidente internacional…

―Haré un trato contigo ―dijo, interrumpiéndome.

― ¿Qué clase de trato? ―le pregunté con recelo. Tratos y acuerdos era una característica de vampiros, algo que el otro hombre de mi vida estaba mucho más dispuestos a probar. Magos de guerra ordenan, amenazan e insultan, ―dependiendo de las circunstancias―. Ellos no hacen tratos.

A excepción de hoy, al parecer.

―Estamos directamente sobre una zona utilizada por el cuerpo como campo de entrenamiento ―me dijo, refiriéndose al nombre formal de los magos de guerra―. Permanece delante de mí durante quince minutos, con cualquier habilidad que quieras, a excepción del desplazamiento del tiempo, y no volveré a molestarte de nuevo por una semana.

Yo no dije nada por un momento. Debido a que había varios tipos de cambio que venían de serie con mí oficio, a través del espacio y el tiempo. Puede tener el mismo aspecto para Pritkin, salvo que me muevo de un lugar a otro en lugar de desde una época a otra. Pero no lo eran. Su jefe en el Cuerpo, Jonas Marsden, fue quien me ayudó en la formación de mis habilidades recién adquiridas y él mismo me lo dijo.
        Así que si Pritkin no me prohibía específicamente el desplazamiento espacial, fácilmente podría mantenerme por delante de él, y comprarme una semana libre en el proceso. Después de las cosas que habían estado ocurriendo últimamente, un poco de tiempo libre sería el cielo. Pero sonaba a que sería un grave error a cometer.
  
—Hemos estado aquí ya la mitad del día, —me quejé. —Estoy cansada, no he comido desde el desayuno y no puedo sentir ninguno de mis dedos de los pies.

Voy a hacer un día de campo.

Mi cabeza se alzó.

¿Qué dijiste?

Escondí una cesta esta mañana. Después de la prueba, te llevaré a ella.

Va a estar frío ahora.

Lo dejé con un calentador dijo secamente. Debido a que los magos de la guerra se comían el pollo frito congelado en el suelo y les gustaba.

Dios. Pollo frito, ensalada de papas, habas cocidas al horno, tal vez algún pastel de manzana o galletas para el postre…sí. Yo podría tener un día de campo ahora.

―Muy bien ―estuve de acuerdo, más rápido de lo que debia. Pero realmente tenía hambre―. No hay viaje en el tiempo.

― ¿Estás segura? Porque cuando yo gane…

Si es que ganas.

―… te quedarás aquí hasta que hayas acabado el curso entero. Y no te quejas de ello.

―¡Yo no me quejo!

―¿Entonces tenemos un trato?

―Supongo que sí ―dije, intentando sonar renuente.

―Bien ―me dijo amablemente.

Y entonces me soltó.


                                                                         * * * * * * * *

Un par de horas después, me tambaleé en la suite de hotel de Las Vegas que actualmente llamaba casa y estampé mi cara en el sofá. Ya había alguien sentado allí, pero no me importaba. Estaba demasiado cansada para abrir incluso los párpados y descubrir quién era.

Hasta que alguien se entrometió conmigo con un dedo del tamaño de un perro caliente.

― ¿Mal día?

Puse mis ojos en blanco y, maldita sea, incluso eso dolía, para ver al líder de mis guardaespaldas, Marco, mirándome.

―No. Me gusta caer desde las alturas de un avión sin paracaídas.

Marco me dio una palmadita en el trasero, que creo que fue razonable ya que estaba cubriendo su regazo.

―Pareces bien para mí.

Marco, reflexioné amargamente, estaba muy indiferente a lo que mi salud se refiere. Había empezado a asumir que yo era tan blanda como la mayoría de los seres humanos, y prácticamente tenía un ataque al corazón cada vez que tengo problemas. Pero después de verme sobrevivir a una docena de ataques, había comenzado a relajarse. En estos días, si no entraba con una herida abierta o escupiendo sangre, no tenía mucha simpatía.

― ¡Porque me las arreglé para llegar a la tierra antes de que salpicara en ella! ―le dije con irritación.

―Entonces, ¿cuál es el problema?

Me di la vuelta para poder fruncirle el ceño.

―El problema es que corrí un maratón en el helado clima con un demente persiguiéndome.

― ¿Por qué no solo…? ―Agitó la mano del tamaño de un jamón y su cuerpo del tamaño de un oso―. Ya sabes. Poof.

― ¿Te refieres a saltar?

―Sí. ¿Por qué no saltar?

― ¡Lo hice! Pero Pritkin esperaba eso y pidió prestado el collar de Jonas.

― ¿Qué collar?

Suspiré y me incorporé.

―Es una especie de encanto que le permite llamar a la Pythia en tiempos de emergencia. Tan pronto como intento cambiar, donde quiera que este, donde sea que este, tira de mí ―como Pritkin había sabido cuando hizo esa apuesta―, maldito sea él.

Dios, deseaba darle un rodillazo en las bolas.

Marco parecía pensar que era divertido, lo cual no mejoró mi estado de ánimo. Me levanté y fui cojeando hasta la habitación de al lado, todavía moría de frío y hambre. Porque la idea de Pritkin de un picnic dejó que desear.

Pero mi cuarto de baño no lo hizo. Sabía que era estúpido, pero mi cuarto de baño me hizo feliz. Tal vez era el tamaño, que era una enorme frontera con el pecado, o la combinación de colores blanco y azul suave, o la salvaje ducha sobre la bañera del tamaño de Godzilla. O tal vez fue porque era el único lugar en el maldito conjunto donde podía estar sola.

Marco no era el problema. En el último mes, él había ido de tratarme como un parásito pesado a tratarme como una hermana más joven levemente malcriada, y la mayor parte del tiempo, me encontré realmente disfrutando de su compañía. Pero Marco era la punta del iceberg en cuanto a mi guardaespaldas se refiere. Ellos solamente habían estado creciendo en número desde que la fecha de la ceremonia se había anunciado.

Todo el mundo supuso que habría un ataque. Incluso yo lo asumí. El mundo sobrenatural estaba en guerra, y la matanza en dirección opuesta era SOP (COMPENSACIÓN). Y, me gustara o no, la Pythia era considerada una de los más importantes y activos de nuestro lado. Lo que explica los intentos de intensificación de Pritkin para que absorba un poco menos en autodefensa y que una docena más o menos de maestros vampiros de ojos dorados constantemente patrullen la suite.

Ellos estaban allí para mi protección; lo sabía. Pero no lo hace menos escalofriante. Me miraban comer. Me miraban beber. Me miraban ver la maldita televisión. Incluso me miraba dormir. Me había despertado más de una vez para encontrar una de ellos de pie en la puerta de mi habitación, mirándome, como si fuera una cosa perfectamente normal de hacer.

Si no hubiera sido por mi baño, me podría haber perdido.

Lástima que no pudo dormir aquí.

Marco asomó la cabeza en la puerta cuando estaba corriendo el agua caliente en mi gran y encantadora bañera.

― ¿Necesitas algo? Porque me voy fuera de servicio en un rato.

―Comida ―le dije, encogiéndome de hombros fuera de mí abrigo.

― ¿De qué tipo?

―Lo que sea. Mientras no sea bueno para mí.

Él asintió con la cabeza y se volteó cuando empecé a tirar de mi camiseta. Era demasiado débil por donde yo había estado, pero el dicho de la parte frontal encaja perfectamente con mi estado de ánimo: Guardo el golpe de escape, pero todavía estoy aquí. La tiró en una pila con el abrigo, mis pantalones vaqueros tiesos del frío y el costoso recorte de seda que había estado en una parte de mi trasero por la última media hora. Entonces lentamente me metí en la bañera.

Oh, Dios.

Bliss.

En realidad, estaba un poco demasiado caliente, pero pensé que la cantidad de hielo que se aferran a mí debería de hacer efecto en ello. Añadí una generosa cantidad de sales de baño, encontré mi almohada debajo de unas toallas y dejé que mi cabeza bajara contra la húmeda bañera. Después de unos momentos, mis músculos empezaron a aflorar y mi columna vertebral se hundió en alivio y en serio comencé a preguntarme si dormir aquí era tan mala idea, después de todo.

Creo que tal vez me fui a la deriva por un tiempo. Debido a que la siguiente cosa que supe, fue que estaba en el rosado y pruney escalón, los espejos estaban todos empañados y el agua ya no estaba caliente.

Y un fantasma estaba sentado junto a la bañera, mirándome.

Me hubiese preocupados más, pero este era un fantasma que yo conocía. Tomé una toalla y le lancé una mirada, aunque no sé por qué. Billy no se preocupa por sus numerosos vicios. Se había burlado de la muerte como si hubiera engañado a las cartas en vida y tenía la intención de mantenerlo. Eso hizo su moral desapareciera, ya que nunca tuvo la intención de responder a ninguna de todos modos.

Empujó el sombrero que había estado usando durante el último siglo y medio con un dedo insustancial.

―Lo he visto antes ―me dijo, con una mirada de soslayo exagerada.

―Entonces, ¿por qué estás mirando?

―Porque… ¿estoy muerto, no senil?

Le tiré la esponja, lo cual no sirvió de nada, ya que pasó a través de él y terminó contra la pared.

―No te puedo alimentar todavía ―le dije―. No hasta que coma.

Billy y yo teníamos un antiguo acuerdo, que data de la época en que había recogido el collar que él había encantado en una tienda de chatarra a la edad de diecisiete años. Yo donaba energía de vida que él mantenga un juguetón sentimiento, y él hacía unos pequeños recados para mí a cambio. Por lo menos, lo hacía, si yo lo regañaba lo suficiente.

Estiró las piernas vestidas con pantalón mezclilla en frente de él, como si estuviera en un sofá invisible.

― ¿No puede un hombre mirar sin que tú de inmediato supongas…? ―vio mi expresión y lo dejó―. Está bien, esperaré.

Yo estaba tratando de decidir entre salir y dejar correr un poco más de agua caliente cuando alguien llamó a la puerta.

― ¿Estás decente?

Tiré la toalla un poco más arriba.

―Sí, si mis dedos de los pies arrugados no te ofenden.

La cabeza morena de Marco apareció alrededor de la jamba de la puerta.

―No, son lindos.

Yo los moví para él ya que en realidad podría sentirlos ahora.

―De todos modos, la comida está afuera y yo me tengo que ir ―él me sonrió―. Gran cita esta noche.

― ¿Cita? ―yo parpadeé con sorpresa, porque los vampiros no aman las citas. No a menos que sean forzadas, de todos modos.

―Bruja ―dijo concisamente.

― ¿No es eso un poco...raro?

―Soy como el amo. Me gusta caminar por el lado salvaje.

Me tomó un momento darme cuenta de lo que quería decir.

―Yo no soy el lado salvaje ―le dije rotundamente―. Estoy tan lejos del lado salvaje como es posible estarlo.

Levantó una ceja negra espesa.

―Si es lo que quieres creer.

Abrí la boca, entonces decidí que era demasiado para discutir.

―Bien, diviértete.

―Oh, lo haré ―hizo una pausa―. Y para tu información, hay un montón de chicos nuevos esta noche. Bueno, no son nuevos, nuevos, pero son nuevos para ti.

No sabía por qué se estaba molestando en decírmelo. Los guardaespaldas eran cambiados de forma regular. Veinticuatro horas de seguridad significa que algunos de ellos se quedaban atascados en el turno de día, que era muy duro para los vampiros. Por lo menos lo asumí que era por qué, después de una semana o dos, empezaron a mirar un poco enarbolado.

Asentí con la cabeza, pero Marco se quedó allí, como si esperara algún tipo de respuesta.

Está bien.

Es sólo que...vaciló. Trata de no los asustarlos demasiado, ¿de acuerdo?

― ¿Yo los asusto?

―Sabes lo que quiero decir. Son esas cosas que haces.

¿Qué cosas?

Sus ojos recorrieron todo el cuarto de baño.

Hablando con gente invisible, es tipo de cosas.

―Son fantasmas, Marco.

―Sí, sólo que la mayoría de los chicos no creen en fantasmas, y han comenzado a pensar que eres un poco...extraña.

― ¿Son vampiros y piensan que soy extraña?

―Y que aparezcas de la nada frente a un hombre. Eso toma algún tiempo para acostumbrarse. No creo que Sánchez se haya recuperado todavía.

―El único lugar en el que me voy a aparecer es en la cama.

―Buen plan ―Marco parecía satisfecho―. Nos vemos en el otro lado.

Rodé mis ojos por la jerga, que como de costumbre para los vampiros más viejos eran de décadas antiguas, y dejé que mi cabeza descansara contra la húmeda bañera. Realmente no tenía ganas de moverme, ahora que estaba cálida y relajada y estaba comenzando a sentir mis extremidades de nuevo. Pero el olor que surgía de la habitación contigua estaba haciendo gruñir a mi estómago dolorosamente.

No pude identificar inmediatamente la fuente, pero no importaba. Si Marco había hecho el pedido, tenía que ser buena. A diferencia de Pritkin, Marco no se preocupaba por cosas como la grasa y colesterol. Cuando Marco comía, comía a lo grande: pasta que gotea en salsa de crema, grandes filetes a la pimienta, puré de papas con salsa, y cannoli dulce suficientes para romper los dientes. A menudo en la misma comida.

El hecho de que los vampiros técnicamente no tenía la necesidad de comer no parecía preocupar a Marco. Él me había dicho que una de las mejores cosas de finalmente alcanzar el título de maestro había sido el regreso de sus papilas gustativas. Y había pasado el tiempo compensando todos esos años sin sabor.

Decidí que tal vez estaba lo suficientemente limpia.

―Date la vuelta ―le dije a Billy―, voy a salir.

Hizo un puchero, pero no discutió. Tal vez tenía hambre, también. Me envolví la toalla alrededor de mí y empecé a salir de la bañera.

Pero en vez mis manos se desliaron por la porcelana, mis rodillas se doblaron y me volví a sumergirme rápidamente en la refrescante agua. Por un segundo, sólo estaba allí, más confundida que preocupada. Hasta que me quedé en el fondo. Entonces salí de ello y comencé a luchar. Y descubrí que no había absolutamente ninguna diferencia.

Lo mejor que podía hacer era mantener mi cara por encima de las burbujas durante unos segundos mientras me esforzaba por moverme, gritar, o hacer algo. Pero mi cuerpo se congeló como el grito atrapado detrás de los dientes, mis labios se negaron obstinadamente a dejarlo salir. Lo más que logré fue un gruñido sordo mientras mi cabeza lentamente se hundía.

Inmediatamente, todo el sonido se desvaneció. El zumbido del aire acondicionado, los pasos casi silenciosos de los guardias, el tintineo suave de los cubitos de hielo de alguien al caer en un vaso en el comedor, todo se desvaneció en un estruendo húmedo. El silencio se hizo a mi alrededor, una mano pesada, el frío me robó el aliento tan eficazmente como el agua sobre mi cara. Las mitad de las burbujas se había desvanecido hasta ahora, con bolsas de espuma flotando aquí y allá, como el cielo en un día nublado. Entre ellas podía ver el techo del cuarto de baño, ondeando con mis apenas discernible lucha. Pero no fueron bastante, no lo suficiente, y mis pulmones ya estaban pidiendo a gritos el aire.

Después de lo que sentí como una hora, pero probablemente no más de unos segundos, la escena sobre mí fue oscurecida por la forma indistinta de Billy. Él estaba diciendo algo, pero yo no podía oír, y luego su rostro pasó por el agua y me miró con curiosidad.

―Es hora de salir.

No me digas, pensé histérica, tratando de mover mis miembros que de repente sentía como si pertenecieran a otra persona. Un ceño fruncido apareció entre los ojos de Billy. Pero fue la impaciente mirada de Billy, no la mirada de pánico de Billy. Él todavía no lo entendía.

―En serio, Cass. Tu cena va a enfriar.

Me lo quedé mirando fijamente, mis ojos ardían por el jabón, queriendo hacerlo comprender. No pasó nada, salvo que una cadena de burbujas se escurrió de entre mis labios, yéndose por el aire a unos cuantos centímetros de distancia. Puede ser que también haya sido unos miles por todo el bien que me estaba haciendo.

Mis dedos estaban flotando cerca de la superficie del agua, justo al lado del interruptor que controla el desagüe. Estaba justo debajo de la llave de agua, de fácil acceso, eso si yo hubiese sido capaz de moverme.
Mientras tanto, sólo podía mirarlo fijamente, el terror marcado arrastrándose sobre mi cuerpo, mi piel fría y amenazando con paralizar las funciones del cerebro que me quedaba. No me podía mover y Billy era inútil y ni siquiera podía tomar una respiración profunda para calmarme, porque… porque yo estaba a punto de ahogarme en la maldita bañera.


Capítulo 2


Traducido por  Isabelle *.

La idea cortó limpiamente a través de los balbuceos de mi mente. La gente había estado tratando de matarme de diversas maneras los últimos meses, pero si no me controlaba, en mi tumba se podría leer:
Ahogada en la bañera.

Pero debía estarlo, porque estaba condenada si no salía de allí.

Sólo que no parecía tener muchas más opciones.

Cuanto más me esforzaba, más parecía que mi cuerpo se apagaba. Tratar de moverme era como tratar de abrir la tapa de un ataúd desde dentro. Pedí ayuda, pero el grito se quedó atrapado en mí entumecida garganta.

La peor parte era el silencio. Se suponía que la muerte era enérgica, disparos, explosiones, gritos y truenos. No esta extraña calma que me envolvía como una mortaja. No podía oír nada excepto el agua lamiendo los lados de la bañera, como un reloj contando los segundos que quedaban.

Y una disconforme voz familiar resonando en mis oídos: Evaluación, Dirección, Acción.

Por un segundo, las palabras tan solo flotaron en mi mente, rehusándose a conectarse a nada más. Y entonces, recordé las malditas tres directrices* de Pritkin. Me aferré a ello, como a una cuerda de salvamento, antes de que pudiese ser expulsado por el espacio vacío que era el pánico.

Ok, pensé desesperadamente. Evaluación. ¿Cuál es el problema? Que no puedo respirar, joder.

Dirección. ¿Qué puedo hacer con ello? Nada.

No cuando mi propio cuerpo se negaba a seguir mis órdenes, cuando parecía estar bajo el control de alguien más…

Espera, espera.

No necesitaba moverme físicamente para usar mi poder, que era independiente de mi forma humana. Y mi poder podía…

Cambié antes de que terminara el pensamiento, terminando fuera de la bañera, con mi desnudo trasero a varios metros por encima del suelo del baño. La gravedad se hizo cargo de la situación, tirándome sobre las frías baldosas antes incluso de que pudiese respirar, junto con cerca de cuarenta litros de agua templada. Presa del pánico, había transportado todo el contenido de la bañera, que enjabonó el suelo, empapando la peluda alfombra y rompiendo contra las paredes como una marea diminuta.

Apenas me di cuenta. Me quedé tumbada en los mojados azulejos, aspirando grandes bocanadas de aire en mis roncos pulmones, mientras Billy floraba a mí alrededor.

Parece un poco asustado ahora, noté irrelevante, justo antes de un puño cerrado alrededor de mi garganta.

Me tomó un segundo darme cuenta de que era mío.

Afortunadamente, tengo las manos pequeñas, por lo que el intentar suicidarme estrangulándome, no había tenido mucho éxito. Podría haberlo hecho mejor de tener ayuda, pero mi otra mano estaba cerrada, con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos, alrededor del toallero de pie, y no quería dejarlo. Lo miré fijamente, aturdida y sin comprender, y mis propios ojos, amplios y azules, me devolvieron la mirada desde la superficie de cromo brillante.

― ¿Qué demonios?

La pregunta se hizo eco en mi cabeza, pero no había venido de mí. Me tomó un segundo darme cuenta de que Billy se había metido debajo de mi piel, como cuando lo alimentaba. Le daba acceso a mi poder, algo que había aprendido a soportar, pero no me gustaba. Hoy, lo agarré en un apretón metafísico, casi llorando de alivio.

― ¡Ayúdame!

― ¿Que ayude? ¿Cómo? ―Preguntó― ¿Qué está pasando?

―Posesión―la palabra me detuvo, dado que mi mente consciente no había conectado las pistas. Pero mi inconsciente parecía estar más organizado, ya que sonaba bastante bien. Había tenido experiencia con la posesión en los últimos meses porque era una de las armas principales de la Pitya, pero nunca antes se había vuelto contra mí.

Decidí que no me estaba gustando la experiencia.

― ¿De qué? ―exigió Billy.

― ¡No lo se! Simplemente haz algo.

―Sí, sólo que depende mucho de lo que es exactamente…

― ¡Billy!

―Ok, ok. No te preocupes, Cass. Lo tengo ―me dijo. Justo antes de salir despedido de mi cuerpo, atravesar el baño y traspasar la pared de golpe.

Lo vi desaparecer, una mirada de sorpresa casi cómica en su cara, y tardíamente me di cuenta de que había tenido el control de mi otra mano. Debido a que, inmediatamente se me entumeció, y se unió a la fiesta de estrangulamiento de mi cuello. Pero, sorprendentemente, aquel no era el problema más grande.

Había un número limitado de cosas que podían poseer a un humano. Los fantasmas eran uno de ellos, pero a menos que fueran acogidos por mí, como hacía con Billy, tendrían que luchar a través de las defensas de mi cuerpo. Y eso significaba un espíritu debilitado cuando al fin entrase, si es que lo lograba, lo cual era improbable.

Pero esto no era débil. Lo que fuese había exorcizado a Billy aún manteniendo su control sobre mí, y ningún simple fantasma podía hacer eso. Lo que restringía las cosas a la “Oh, lista de la mierda”.

Un hecho que quedó demostrado cuando el toallero de pie se volcó, y trató de golpearme en la cabeza. Mi mano ya no estaba sobre él, la de nadie, pero se estaba volviendo loco de todos modos. El toallero hizo añicos el espejo de encima del lavabo, luego rebotó y se estrelló contra la bañera, tirando el frasco de sales de baño por el suelo y volviendo las empapadas baldosas, de color rosa fluorescente. Resultó ruido suficiente para despertar a los muertos, uno de los cuales comenzó a golpear en la puerta del baño.

―Señorita Palmer. ¿Está usted bien?

No conocía la voz, pero no me importaba. No podía responderle de todas formas. Todo en lo que podía pensar era en llegar hasta la fuente del sonido.

Los vampiros no sabían mucho más de esto que yo, pero podrían al menos hacer palanca para quitarme las malditas manos del cuello.

Traté de cambiar pero, esta vez no pasó nada. Tal vez porque la habitación estaba empezando a dar vueltas, y mi visión se iba oscureciendo, y lentamente se me iban aflojando las piernas. Y entonces, Billy volvió, pareciendo enfadado.

Se deslizó dentro de mi piel, y de inmediato sentí una pérdida de energía muy familiar.

― ¿Te estás alimentando ahora? ―pregunté, algo incrédula.

― ¡Tengo que tener energía para luchar contra esa cosa, Cass! Y estoy tocando fondo.

― ¿Y qué te crees que me pasa a mí?

Billy no respondió, pero el drenaje no se detuvo. Pero un momento más tarde, mis manos se separaron de mi cuello como si se hubiesen quemado. De repente, puede respirar de nuevo.

Me quedé tumbada porque no tenía energía para levantarme, tosiendo y resollando, mis pulmones luchando por pasar el aire a través de una garganta que se sentía como la mitad del tamaño normal.
Los pulmones me ardían, y mi cabeza daba vueltas y realmente, realmente quería vomitar. Pero habría llorado de alivio si mis ojos hubiesen estado bajo mi control.

Desafortunadamente, rodaron en sus cuencas y no regresaron.

― ¿Señorita Palmer? ―el vampiro sonaba seriamente descontento ahora, pero la puerta aún permanecía cerrada.

― ¿Por qué no entra? ―preguntó Billy enfadado.

―No quiere disgustarme.

― ¡Tú y tu maldito espacio personal!

No le respondí porque tenía razón. Y porque de repente me di cuenta de que podía sentir mis piernas de nuevo. No debería haberme sorprendido. Aferrarse a un cuerpo que no es tuyo y no te quiere dentro no es fácil. Y parecía que lo que fuera que me tuviera en sus garras, no podía mantener todos mis miembros controlados y al tiempo luchar contra Billy Joe.

No era un avance muy grande, pero era lo único que tenía. Me tambaleé sobre mis pies, haciendo una mueca cuando un pedazo de vidrio roto me cortó en el talón y tropecé con la empapada y arrugada alfombrilla.

Estaba tratando de no entrar en pánico, pero se sentía un poco como estar ahogándose de nuevo, estar desnuda y ciega, a la merced de un enemigo del que no sabía nada.

Excepto que me quería muerta.

Y no era muy particular acerca de cómo matarme.

No había dado ni dos tambaleantes pasos cuando mis piernas se entumecieron de nuevo, mi cuerpo dio un giro y me precipité contra la pared más cercana. Dio la casualidad de que mi cabeza estaba un poco torcida, lo que salvó mi nariz, pero la sien golpeó con suficiente fuerza la pared como para dejarme mareada. Me tambaleé hacia atrás, pero solo para tomar el suficiente impulso para embestir de nuevo el muro.

― ¡Los ojos! ―grité mentalmente y apoyé una mano para parar la caída, casi rompiendo la muñeca en su lugar.

―Trabajo en ello.

― ¡Trabaja más fuerte! ―lloré, cuando el impacto me envió a encontrarme con un lado del lavabo.

Mi cadera golpeó el implacable mármol con fuerza suficiente para hacerme un cardenal, pero un momento después, mi vista regresó. Eso hubiese sido un alivio, excepto porque eso indujo a mi atacante a tomar de nuevo el control de una de mis manos. Por suerte, fue la mala, y tuvo que soltar la horquilla que me sujetaba el pelo para intentar apuñalarme el ojo con ella.

La horquilla cayó, y mi otra mano se acercó, con un cortante trozo de cristal que usé para intentar cortarme la yugular. Billy la paró justo a tiempo, pero la mano no bajó. Se cernía amenazante, sostenida en el aire frente a mi cara, temblando por el esfuerzo, mientras que tres espíritus luchaban por su control.

No podría decir quién estaba ganando, pero no creí que fuéramos nosotros. Me quedé mirando al perversamente agudo triángulo mientras se acercaba, reflejándome, el terriblemente enmarañado pelo rubio, la cara pálida como la de una calavera, atontados ojos azules, y la puerta hacia el salón, por encima de mi hombro izquierdo. Ahora estaba más cerca, y yo estaba aún de pie.

Corrí hacia ella.

A mitad de camino, mi cuerpo se contrajo espasmódicamente y caí. Pero me las arreglé para tirar una maceta por el camino. La preciosa pieza azul y blanca de Delftware estaba en una bonita base, lo que hizo que tuviese un bonito trastazo cuando se volcó y explotó contra el suelo con fuerza.

Y eso, finalmente, fue suficiente para los guardias.

La puerta se abrió de golpe y tres vampiros se precipitaron hacia el interior, parándose confundidos cuando no vieron más que una chica delgada destrozando el baño. Y entonces sentí como si algo me estuviese rompiendo a mí también, una ardorosa, desgarradora sensación que, afortunadamente, tan solo duró unos segundos antes de que algo saliese de mi cuerpo.

Un grito sin palabras apuñaló el silencio y algo se estremeció en el aire del cuarto de baño.

La presencia era grasienta y resbaladiza, e incorrecta, pero el olor era peor: asquerosamente dulce, que se enterraba en lo profundo de mi garganta, empalagoso, nauseabundo. Se generó un sentimiento de repulsión profunda y primordial en mis entrañas, y no parecía como si fuese la única. Los vampiros se agacharon y sacaron sus pistolas, a pesar de que no había nada a lo que disparar, excepto por mí, y se las arreglaron para que estuviese en el medio de los tres.

Yo no estaba manejando mi cuerpo, pero no creía que la identidad tampoco, ya fuese, porque podía sentir cada centímetro de piel arder en llamas, cuando caí contra la alfombra de la zona del comedor, con la cara primero.

―No ayudes ―le dije a Billy, cuando los restos del espejo salieron disparados por encima de mi cabeza, y se incrustaron en los guardias.

No tuve tiempo de pedir disculpas, porque el apartamento se estaba volviendo loco.

Un conjunto de licores voló desde un carro cercano y se estrelló contra la pared a mi espalda, en un baño de alcohol y cristal del caro. Los cubiertos de la cesta de servicio del carro, lo siguieron, y me hubieran ensartado de no ser porque un vampiro se interpuso en el camino. Y entonces la lámpara que estaba sobre la mesa del comedor fue arrancada del techo, dando vueltas como un tornado de cristal.

Billy nos arrojó detrás del sofá, lo que ayudó, y luego rodamos debajo de la mesa de café, lo que ayudó. Al menos por el momento. Todo lo que podía ver a través de la tapa de cristal eran unos pocos cientos de cristales, golpeando como una tormenta de granizo caro, pero la vista a través del lateral estaba menos obstruida.

Miré alrededor, tanto con incredulidad como con pánico, porque nunca había visto nada igual. Los fantasmas encuentran muy difícil mover incluso la cosa más diminuta, como un clip o un pedazo de papel. No sacan las barras de las cortinas, o tiran pesados cuadros contra la cabeza de la gente, o arrojan sillas a través de las ventanas de cristal.

A excepción de las paredes cubiertas de sangre, parecía algo sacado de Amityville.

Parpadeé, finalmente realizando la conexión. Y entonces apreté tan fuerte que Billy aulló.

― ¡Ya basta!

―Tenemos que llegar a Pritkin ―le dije con rapidez.

― ¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué puede él…?

―Esto no es un fantasma.

― ¡No jodas!

―Así que probable sea algún tipo de demonio.

― ¿Y?

―¡Y él sabrá cómo deshacerse de  esto!

Billy no dijo nada más, tal vez porque Pritkin era nuestro experto en demonios particular. O quizás porque la mesa de café acababa de partirse por la mitad. Billy nos tiró a cuatro patas, y gateamos fuera de su alcance, así como del de la lámpara de araña que explotó, como una granada de cristal, por todo el salón.

Era posible que no hubiesen sido hechas para este tipo de actividad, pero la docena o así de delgadas columnas de madera que volaban a nuestro alrededor parecían hacerlo de forma estudiada. También parecían familiares. Finalmente, reconocí una cuando aporreó el piano cuando trataba de alcanzarme. Miré fijamente una de las patas de los muebles de comedor y me pregunté por qué la entidad se tomaría la molestia de destrozar aquello. En aquel momento estábamos en el otro lado del apartamento, así que no parecía tener mucho sentido.

Hasta que vi a uno de los guardias pasar corriendo, siendo perseguido por su correspondiente estaca voladora. Él la eludió, casi toda, le golpeó en la pierna en lugar de en el corazón. Tuvo suerte, porque le atravesó carne y hueso tan fácilmente como las otras piezas hicieron con las paredes, los muebles y los endebles laterales del piano.

Los vampiros que formaban parte de mi equipo de guardaespaldas eran todos maestros de alto nivel y, presumiblemente, habían visto un montón de peligros a lo largo de los años. Pero, al parecer, no algo como esto. Vampiros que se enorgullecían de su fuerza e imperturbabilidad corrían con ojos desorbitados, atacados por muebles que les castigaban por portarse mal como no supieran si eran un problema o simplemente porque estaban tratando de convertirlos en vampiros-kebab.

Pero aparte de la implosión en la suite, el resto estaba extrañamente en calma. Yo no podía hablar, y los vampiros no lo necesitaban― al menos no en voz alta―. Podían comunicarse mentalmente los unos con los otros con tanta facilidad como yo hacía con Billy, algo que normalmente les daba una gran ventaja a la hora de luchar. Salvo, al parecer, en aquel momento.
Al menos un hombre había decidido que necesitaban ayuda del exterior, porque había sacado su teléfono móvil. Estaba al lado contrario de la habitación de donde yo estaba, agachada detrás del piano de cola, y no tenía el control de mis cuerdas vocales, de todas formas. Así que avisé al tipo que las tenía.

― ¡Dile que llame a Pritkin!

Y Billy lo intentó. Pero entre mi irritada garganta, el peligro mortal, y el ruido ensordecedor, nadie nos prestó atención.

―Estos tipos son nuevos, ¡ni siquiera creo que sepan quién es él! ―dijo Billy frenéticamente.

―Entonces, tendrás que ir a buscarlo.

― ¿Cómo? Nunca conseguiremos llegar hasta la puerta a través de todo esto.

―Yo no lo haré, pero tú sí. No va tras de ti.

―Sí, excepto porque si te dejo, aquella cosa te tendrá entre sus garras de nuevo.

―Y si no lo haces, me golpeará hasta la muerte ―yo no le veía una gran diferencia, la verdad.

―Está bien, de acuerdo ―Billy sonaba como si estuviera tratando de calmarse, y no lo estuviera consiguiendo―. Dices que encuentre al mago. ¿Y luego qué? No puede verme.

Mierda. Billy era tan sólido para mí, que tenía problemas recordando que no era real para todo el mundo. Pero Pritkin ni siquiera sabría que estaba allí.

Fue difícil concentrarse por encima de las notas de agonía del piano, pero lo intenté. Solo que las tres directrices no me estaban haciendo mucho bien por el momento. Sabía cuál era el problema, era que necesitaba llegar a Pritkin. Pero no tenía ninguna habilidad que me ayudase a hacerlo.
Si pudiera haber cambiado, hubieses sido fácil. Pero su habitación estaba cinco pisos más abajo, y al otro extremo del hotel. Y yo sabía sin intentarlo, que no podía llegar tan lejos. Era difícil cambiar después de que Billy se hubiera alimentado incluso si no estuviese tan exhausta. Tal como estaba, sería afortunada si me movía 5 metros, y eso no podría…

Me detuve, rebobiné los pensamientos.

―Ve donde Pritkin ―le dije a Billy, el sonido de la sangre latiendo en mis sienes.

―Ya te dije, él no me va a…

― ¡Escúchame! Tiene el collar de Jonas. Lo usó hoy para atraerme cuando intenté cambiar. ¡Tienes que conseguirlo!

― ¿Y luego qué? Solo funciona cuando usas tu poder, y no puedes…

―Sólo necesito cambiar, ¡no importa cuánto de lejos! Un par de pulgadas debería ser suficiente para activarlo. Ahora, ¡vete!

Por una vez no discutió, tal vez porque él tampoco sabía qué otra cosa hacer.

Lo sentí marchar y me preparé para otra embestida. Pero la entidad se estaba divirtiendo demasiado como para notar que Billy se había ido, y yo no le iba a dar tiempo para darse cuenta. Agarré la parte superior de la banqueta del piano como escudo, y empecé a gatear.

Un guarda estaba encima de una silla volcada, bateando los fragmentos voladores de madera con una pata de mesa ensangrentada como un bateador en un partido de béisbol. Me vio y sus ojos se abrieron de sorpresa, como si hubiese asumido que ya debía haber sido hecha brochetas hacía tiempo.

―No estoy muerta aún ―croé de forma alentadora, y seguí gateando.

El comedor había sido destruido, pero el carro de servicio de habitaciones había sobrevivido de forma milagrosa, encajado en el umbral de la puerta que comunicaba cocina y bar. Lo empujé hacia dentro y eché un vistazo bajo la tapa. Pollo frito, y todavía estaba caliente.

Dios existía.

Me resguardé detrás de la isla de la cocina y me concentré en recuperar fuerza suficiente para cambiar por mi propia cuenta por si Billy fallaba. Básicamente significaba cebarme de pollo lo más rápido posible, sin vomitar. Estaba haciendo una buena marca comparable a las de Marco cuando algo provocó que mirase hacia arriba.

Tres vampiros estaban en la puerta de la cocina, mirándome. Parecían un poco conmocionados, y mi reflejo en la nevera me dijo por qué. Estaba desnuda y ensangrentada, con mechones de pelo medio mojados, pegados por toda la cara, y un muslo de pollo deformando un lado de mi boca. Me parecía sorprendentemente a una cavernícola chiflada.

Aparté el muslo de pollo y me lamí los grasientos labios.

―Um. ¿Hola?

Ellos no dijeron nada. Por un momento, tan solo nos miramos los unos a los otros. Y luego, la criatura atacó de nuevo, y dejé de preocuparme por la impresión que estaba causando, y comencé a preocuparme por conseguir que mi cabeza dejara de darse golpes contra un lateral de la isla. Vi las estrellas y todo se volvió de color rojo, lo cual probablemente entraba en la categoría de cosas poco sanas.

Y entonces vi a Pritkin de pie, mirándome en completo estado de shock.

No recordaba haber tratado de cambiar, pero debía haberlo hecho, porque en lugar de los fríos azulejos de cocina, mis pies estaban hundidos en la alfombra de su habitación. Había aterrizado al lado de su cama, que él estaba abriendo para dormir. Su pelo estaba húmedo y rizado en el cuello, y algunas gotas de agua se deslizaban por sus hombros. E incluso aún no se había puesto el pijama, o dormía desnudo, lo que hubiese encontrado un poco incómodo si no hubiese estado a punto de morir.

―Posesión ―gruñí, antes de que mis manos se convirtiesen en garras, y mi cuerpo se lanzase, por sí solo, directo a aquellos ojos verdes claro.

No conseguí arañarle gran cosa, los reflejos de Pritkin eran mejores que eso, incluso cuando estaba totalmente asombrado, pero conseguí hacerle un rasguño de escasos centímetros en una de sus mejillas.

― ¡Lo siento!

― ¿Qué clase de posesión? ―me preguntó en tono grave, cada mano cerrada en torno a mis muñecas.

―No es un fantasma, pero no…

Callé, porque mi garganta se sobresaltó por un momento, como si fuese más difícil de controlar de lo que había imaginado. Pero al momento siguiente, me encontré tirada sobre la cama, con las manos sujetas sobre la cabeza por una de las suyas. Usó su otra mano para convocar una serie de pequeños viales de una estantería que había instalado, al parecer tenía un tipo de clave para las pociones apestosas.

La mayoría de las cuales pronto cayeron sobre mí.

Algunas eran pegajosas, otras como de lodo, y otras eran realmente vomitivas. Pero no me hubiese importado si alguna hubiese funcionado. Pero hasta donde podía contar, lo más que habían hecho era teñir mi piel en manchas, aparentemente sin afectar a la cosa de mi interior.

Y de repente dejé de notar mi cuerpo, y tuve un momento para pensar “oh, mierda”, antes de que la entidad usase mis piernas para enviar a Pritkin atravesando la habitación. Lo vi golpear y pasar a través de la pared, como un reflejo de lo que Billy había hecho antes. Tan solo que el cuerpo de Pritkin, más material, tiró la endeble pared, y un montón de escombros con él.

Y, para mi sorpresa, la criatura decidió seguirlo.

Tal vez suponía que no sería muy distinto si lo mataba a él primero, o tal vez Pritkin había conseguido molestarla. No lo sabía, pero lo sentí cuando comenzó a forzarme, cuando las sensaciones de un cuerpo seriamente sobrecargado vinieron todas de golpe, obligándome a soltar un lloriqueo que me prometí negar si sobrevivía a esto.

Y entonces sentí su sorpresa cuando levanté mis escudos, atrapándolo en mi interior.

No había sido capaz de expulsar a la cosa, pero era una historia diferente. Había logrado poseerme en primer lugar porque había sido descuidada, y estaba exhausta y esperando que Billy entrase tan pronto los escudos bajaran. Pero ahora este era mi cuerpo, y la propiedad otorga algunos privilegios. Y estaría condenada si dejaba que la cosa acabase con el único hombre que tenía la oportunidad de sacarme de esto, mientras estaba, posiblemente, inconsciente y…

Y la identidad no se había imaginado que mi cuerpo pudiera convertirse en su cárcel, y realmente, realmente quería salir de allí.

Al parecer nosotros no hablábamos el mismo lenguaje, pero no importaba, porque comenzó a mostrarme una cascada de imágenes que parecían algo sacado de una película de terror: mi corazón explotando en el pecho, mis pulmones desgarrándose como papel seda, mi cerebro…

―Si pudieses hacer eso, ya lo habrías hecho―pensé victoriosa, enviándole la imagen del intento de acuchillarme el ojo con la maldita horquilla. Yo no sabía por qué podía emplear cualquier cosa del apartamento pero no directamente a mí, cada ataque había sido externo o pasivo, como el sujetarme bajo el agua mientras me ahogaba. Estaba comenzando a parecerme que quizás la cosa dentro de mi cuerpo no era tan fuerte.

O como si no estuviese acostumbrado a la posesión.

Aquello no tenía sentido para un demonio, quien presumiblemente lo hacía todo el tiempo, pero no tuve oportunidad para pensar en ello antes de que comenzase a revolverse dentro de mí. Y si pensaba que había sufrido antes, no era nada comparado con esto. Estaba empeñado en que lo dejara ir y yo en que no, porque si mataba a Pritkin yo estaría muerta de todos modos.

Y entonces él estaba de regreso, sangrando y amoratado, y revolviendo algo cerca del agujero, en su zapatero, que me lanzó.

― ¡Cassie, tómalo!

Mi brazo se levantó de forma automática, y sentí mi puño cerrarse alrededor de algo frío y duro. Y entonces no sentí nada más por un largo tiempo mientras levitaba fuera de la cama.

Definitivamente, Amityville, pensé aturdida, y dejé caer mis escudos. Mi cuerpo se convulsionó con fuerza, y de inmediato estuve rodeada por una tormenta de oscuridad, alas batiendo, un olor nocivo y un chillido de furia.

Y entonces caí de vuelta a la cama, y rodé hacia un lado. Aquello fue afortunado, porque un segundo más tarde, una especie de tornado en miniatura atravesó la ventana y una ducha de cristal explotó dentro de la habitación, en un claro desprecio de las leyes de la física. Pero de la mayor parte de ello no me di cuenta, ya que estaba acurrucada en el suelo, con las manos sobre la cabeza, intentando no gritar.

Pritkin había gateado a través del agujero de la pared en algún momento porque, cuando lo miré, estaba acuclillado en el suelo, mirándome. Me quedé mirándolo en silencio, jadeante y avasallada, todos los miembros temblando en respuesta, con polvo y confeti de pared lloviendo a nuestro alrededor.

Y entonces la puerta se abrió de golpe y Marco se hizo cargo de la situación. Se dio cuenta de mi cuerpo, desnudo y multicolor, el agujero en la pared, la ventana destrozada y el maltratado y ensangrentado mago de guerra.

― ¿Qué diablos? -preguntó, decidido.

Tragué saliva, notando en mis labios el sabor a polvo y cobre.

―Creo que asustamos al personal ―le comenté con voz débil. Y luego me desmayé.


 *Acá dice las tres A's porque en inglés son Assess (Evaluación), Adress (dirección), Act (acción).

*Amityville en EEUU, Terror en Amityville en Argentina, México, Perú y Venezuela, es una película de terror.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

oye no saben quien va a traducirlos ......me encantaria saber ....porfa.

adair rumpelstiltskyn dijo...

genial la saga esta aunque tardan una eternidad en salir igual que los de dorina basarab